lunes, 25 de enero de 2016

El mito de la producción para atender nuestras necesidades como base del desarrollo industrial

Bernardo Ancidey
En esta lucha personal contra el pensamiento lineal en lo social, quisiera abordar la idea de orientar la producción de acuerdo a las necesidades. La idea en principio luce muy poderosa por la lógica que hay detrás de ella y va más o menos así: “Si en Venezuela necesitamos lavadoras, habría que ponerse a fabricarlas, igual que los otros electrodomésticos que nos alivian la carga en el hogar, y en otras áreas podríamos hacer lo mismo, con lo cual creamos industrias propias y ya no necesitamos importar y quién sabe, tal vez vayamos a la exportación. La idea sería la misma de Uslar Pietri de sembrar el petróleo, utilizando los ingresos provenientes del mismo para fomentar este desarrollo industrial. Allí está el ejemplo de los iraníes, que invirtieron sus ingresos petroleros en desarrollar su industria automotriz en 15 años”. Muy bien.
Pero ¿tenían necesidad de ella? Si lo pensamos un poco más, el camión y el autobús son una necesidad, para el transporte de carga y de personas, pero ¿acaso lo es el automóvil personal? En mi opinión no tenemos necesidad de tal bien, y posiblemente los iraníes tampoco, a quien por lo demás, le hubiese ayudado más, ver cómo deslastrarse de la horrible contaminación de sus ciudades ya que hacer automóviles es incrementar el problema.
El ejemplo de la industria automotriz se convierte justamente en un buen contraejemplo: el desarrollo industrial NO NECESARIAMENTE RESPONDE A LAS NECESIDADES DE LAS PERSONAS DE UN PAIS, puede ser resultado de la necesidad de otros e incluso de una necesidad inventada a propósito, como el caso iraní en comento. Por su parte la atención a las necesidades del país posiblemente si genere cierto progreso material, pero otra vez, si pensamos en darle la arepa diaria y la ropa limpia a todos los venezolanos, lo más que lograremos es eso, darle la arepa y ropa limpia a los venezolanos. Nuestra lista de necesidades nos llevaría a unas pocas empresas sin alicientes para la innovación, y nos conformaríamos con la tecnología necesaria y suficiente para atender dichas necesidades. Volvemos así una vez más a la tesis del equilibrio. Creadas estas industrias “sastisfacedoras” (no sé si esta palabra existe) de necesidades existentes, se paraliza la historia económica venezolana.
Una revisión de los procesos de industrialización y de no industrialización (se aprende más de los fracasos que de los éxitos), a lo largo de la historia y peculiaridades de cada país, puede arrojarnos algunas claves que deberíamos tener presentes. Por ejemplo los casos español y argentino son bien aleccionadores de países que se quedaron en la arrancada del desarrollo industrial y entre los éxitos, el reciente de Corea del Sur es ilustrativo. Corea del Sur se propuso ser vanguardia en materia de conexión de internet y para eso promovió la generación de toda una industria de hardware y software que dejó muy por detrás al Japón y a los EEUU y eso respondió fundamentalmente a un decisión política basada en análisis prospectivo.
Holanda es una potencia agroindustrial sin tierras, gracias al fanatismo por una flor tropical que no se da en ese clima horrible y con suelos salados robados al mar. Japón acumuló capital vendiéndonos máquinas de escribir en un alfabeto que no era el suyo. Y hasta hace unos años Venezuela era el segundo país en el mundo detrás de EEUU, en el producto más difícil de vender: nuestra propia cultura (las telenovelas). Fíjense que ahorita casi no las hacemos, y salvo una que otra viejita nostálgica, nadie se muere por su ausencia, es decir no nos hacían falta antes, ni ahora.
Podría continuar, pero creo que es suficiente para ilustrar el punto de lo equivocado que podemos estar sin pensamos en industrialización por la vía de satisfacción de las necesidades. Si se observa con cuidado, esto no es más que la vieja política de sustitución de importaciones con otro nombre. Es decir me pongo a fabricar lo que el país me está pidiendo y así ya no tengo que traerlo de fuera, ahorrando dinero, generando empleo interno y brindando un producto o servicio a mi gente.
El problema es que no vivimos en una isla. Así mientras nosotros montamos la fábrica de vehículos o de lavadoras, algún chinito está haciendo eso mil veces más rápido que nosotros, más barato, mucho más bonito y en mayor cantidad. Entonces los venezolanos que nos encantan las cosas buenas, bonitas y baratas, querremos esas cosas chinas y no las nuestras. Además, seguro que tendremos que hacer colas en el Bicentenario para comprarlas o acudir a un amigo en el Gobierno. A lo que hace el chinito, el Gobierno le llamará competencia injusta y procederá a quejarse en los organismos internacionales y tal vez algún genio se le ocurrirá alguna medida para proteger la producción nacional. Con eso el producto se encarecerá o desaparecerá, o habrá algún vivo que logré la licencia o permiso con el amigo que tiene en el Gobierno o simplemente la contrabandee, y nos la venderá a precios especulativos.
Mientras tanto los chinos seguirán haciendo esas cosas cada vez más bonitas y con mas periquitos y nosotros nos iremos rezagando con nuestros armatostes, caros, malos, contaminantes y escasos. Eso sí, serán productos hechos en Venezuela.
Luego tal vez, algún neoliberal coja el coroto y decida liberar las importaciones y eliminar las barreras al comercio internacional y bla, bla, bla... El punto es que al abrir las importaciones le corta la yugular a nuestras fábricas, incapaces de competir con las chinas. Y nuestro amado proyecto de fabricar para atender nuestras necesidades se fue por el caño.
Este ciclo ya lo hemos vivido y de seguir pensando y actuando igual que en el pasado, los volveremos a ver para nuestra desgracia como país y continente, con el agravante que el valor de nuestras materias primas exportables (es decir con lo que compramos las chinadas y mantenemos nuestras fábricas obsoletas) seguirán condenadas a perder valor frente a los bienes manufacturados y los intangibles generadores de divisas.
Hasta aquí el diagnóstico y ya es hora de pensar en la solución.
¿Solución?
Lo malo es que no existe. No hay medida o medidas para industrializarnos. Por eso los políticos, enamoradas de la palabra, les cuestan tanto aceptarlo. Ellos tienen un pensamiento poco amigo de lo real y más amigo de lo emocional, creen que las medidas son como los gestos del mago que pueden cambiar las cosas. No hay paquete que valga. La realidad de por sí es muy compleja y a cada acción que hagamos, no solo habrá una reacción, sino la emergencia insospechada de resultados paradójicos tanto a corto como a largo plazo.
Por ello lo que planteo no son acciones o medidas, sino una práctica, unas líneas orientadoras, un pensamiento sistémico, una heurística, que quizás puedan sacarnos de ese mala-palabra que vengo oyendo desde hace más de 45 años: el subdesarrollo.
Lo primero para el desarrollo1 de la misma es intentar darle respuesta  a la pregunta ¿cómo se originan los procesos de industrialización? La o las respuestas nos brindarían pistas sobre los caminos con mayor probabilidad de éxito. Cuando utilizo el término probabilidad, es porque de entrada admito una incertidumbre, una variabilidad que se nos escapa, pero aún así, el uso reiterado de la heurística será útil para optimizar nuestras búsquedas. Por otro lado, puede que diversas heurísticas conduzcan también a procesos de optimización de las búsquedas, entonces deberemos reducir el zoom y pensar en metaheurísticas, que nos permitan evaluar cual grupo de heurísticas resulten más adecuadas.
La siguiente pregunta es ¿cómo construir las heurísticas? La respuesta podemos encontrarla en las que ya existen y en las que han ensayados otros países, tanto las exitosas como las que no lo fueron. Entre estas últimas ya sabemos que la sustitución de importaciones es una de ellas. Entre las exitosas tenemos las primigenias de Inglaterra, EEUU y Holanda, mas tarde Alemania, Suiza, los países escandinavos, Francia, y ya en pleno siglo XX la de la URSS y Japón, y más cerca, los tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong), China y todavía más reciente, los tigres asiáticos menores (Thailandia, Malasia e Indonesia), Irlanda y la India.
Es gracioso leer a los malos economistas intentando explicar el desarrollo económico de un país, porque casi siempre confunden causas con consecuencias. En eso se parecen a los malos médicos. Además suelen estar profundamente sesgados por la visión neoliberal que manejan la mayoría de ellos, cual catecismo aprendido en sus universidades. Así para ellos los bajos salarios, el libre mercado y las inversiones extranjeras son la causa del desarrollo. Si fuera verdad México sería el amo del mundo. A veces aderezan estas causas con la mejor educación de la mano de obra y para eso empuñan las estadísticas, como el médico lo hace con los análisis de laboratorio para mostrarme que debo reducir el colesterol. Confunden causas con consecuencias. Pero no es su culpa, no es fácil hacerlo en sistemas complejos, pero una actitud más sensata es reconocer que no tienen la más remota idea de lo que está pasando.
Así que toca ser menos ritualista y usar más empiria y lógica. Si los asiáticos hubiesen aplicado las medidas neoliberales de abaratamiento de la mano de obra, libertad de mercado y atracción de las inversiones extranjeras, de seguro estarían ahorita en una situación muchísimo peor que la que vivimos los países de América Latina a fines del siglo pasado, porque esos países, los tigres mayores, no tienen recursos naturales como si los tenemos en nuestros países.
Tampoco la educación es causa, es consecuencia. Primero se crean los negocios que originan riqueza y luego con la riqueza creada se puede tener más educación. Jamás al revés. El hijo del burgués es el educado, no el padre o abuelo. Hagan un paseíto mental por las familias portuguesas, españolas, italianas o sirias en Venezuela y se encontrarán siempre lo mismo. Un abuelo campesino, que llegó con una mano adelante y otra atrás, montó un negocio, hizo plata y ahora tiene a los hijos o nietos forrados en billete, bien educados y echándole mierda al chavismo. El abuelo o papá de vaina sabe leer, y apenas se le entiende lo que dice en su media lengua, ya que por tener origen pobre, apenas aprendió un dialecto del monte de donde vino, así que no habla ni el idioma de su tierra y tampoco el de acá.
Lo mismo pasa siempre. Si se repasa la historia de los tipos que se han hecho rico con innovaciones, raras veces son educados. Pero su descendencia sí lo es y muchas veces esta educación actúa como una carga que frena la innovación, los hijos y nietos suelen ser profesionales pero no emprendedores. De hecho, a veces parece que la educación es una rémora. En Venezuela, mucha gente educada suele ser la más bruta y fácil de manipular (también en la Alemania nazi y ahora parece que en toda Europa).
De seguro pensarán que todo esto luce anecdótico y poco científico. Pero créanme que tengo base para realizar estas afirmaciones y no inundarlos con citas. En todo caso este es un artículo para el debate político con base científica, y no para una revista académica. Solo les pido un poco de paciencia y rogarles que me acompañen en estos planteamientos en un próximo artículo.

(1) Espero disculpen mi ausencia de rigor al usar esta cuestionada palabra (desarrollo), a sabiendas de su carácter encubridor simplemente como acepción de industrialización.

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