jueves, 13 de febrero de 2014

La construcción del socialismo (I)

Bernardo Ancidey
La destrucción del capitalismo será definitiva si el socialismo es capaz de aportar mayor calidad de vida dentro de un marco de respeto a la Pachamama. Esta revolución en el pensamiento sólo se dará en conjunción con nuevas relaciones de producción que le den viabilidad, las cuales deben construirse desde ahora y no posponerlas indefinidamente para un mañana incierto.
Las relaciones de producción en el capitalismo son motorizadas por la recompensa lucrativa. Las relaciones de producción socialistas se fundamentan en la solidaridad. Lo característico del socialismo en cuanto a la base material que le dará existencia, es la participación solidaria, colectiva e igualitaria, en la producción social de la riqueza y en su distribución. Es un error, pensar que las relaciones de producción socialistas se construyen sobre la base del capitalismo de Estado. Podemos encontrar en Marx apuntes que identifican al Capitalismo de Estado, no con el socialismo, sino con lo que él llamó el Modo Asiático de Producción. Bajo este modo, a lo más que se podría llegar, como ya lo avizoraba Bakunin, es al control social por parte de una casta intelectual burocrática (nacida de la “vanguardia revolucionaria” previa a la toma del poder político), tal como emergió en los países del desaparecido bloque soviético. La calidad de vida de las personas queda sujeta a la mayor o menor benevolencia de dicha casta a la hora de repartir la renta que monopoliza.
Este pasado, incluso el más cercano a nuestra experiencia con el boom petrolero de los años 70 y la consecuente creación de numerosas empresas controladas directamente por el Estado, nos alecciona acerca de lo equivocado que estamos si creemos que por esa vía se llega al socialismo.
La historia siguiente recoge que estas experiencias terminan resultando en un retorno, tarde o temprano al capitalismo más salvaje, al no ser capaz de superarlo en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas. En todos los casos, el costo del retorno lo han pagado los pueblos con una caída en picada en sus condiciones de vida.
Esta crítica no constituye una exhortación a detener los procesos de transferencia de las fuentes de riqueza de manos privadas a públicas, porque la distribución de la renta usualmente es mayor cuando éstas están en manos del Estado que de los burgueses. El problema es que el capitalismo de Estado no resulta permanente, es metaestable, tarde o temprano cae en un atractor que lo lleva de regreso al capitalismo.
El capitalismo crece y se auto-organiza más o menos espontáneamente, alimentado por el insaciable afán de lucro y el emprendimiento humano, en cambio, el socialismo debe ser pensado de antemano por los revolucionarios, ensayado y cuidado hasta que pueda adquirir capacidad propia para expandirse por el país, el continente y el planeta. El socialismo es voluntad pensada.
La revolución política es una condición necesaria más no suficiente para llegar al socialismo, se completa con la toma de control de los bienes de producción, lo cual no implica su pase al Estado. No hay nada escrito acerca de la velocidad a la cual debe hacerse este proceso, esto dependerá de las respectivas correlaciones de fuerza y de la estrategia trazada para la transferencia de conocimientos a los trabajadores que democratice el saber necesario para la gestión productiva en la nueva sociedad socialista. En todo caso, mientras más rápido se haga, mas seguridad tendremos en garantizar la irreversibilidad del proceso. Para ello es vital ensayar nuevos modelos de gestión productiva por parte de los trabajadores, desarrollar procesos de aprendizaje paralelos al ejercicio de las nuevas responsabilidades, cristalizando la idea que no habrá vuelta al capitalismo.
La historia brinda magníficos ejemplos de cómo lograrlo. La película de Eisentein, “El Acorazado Potemkin”, es una hermosa lección de cómo los revolucionarios pudieron gestionar una compleja nave, haciendo que oficiales y técnicos zaristas trabajasen a favor de la revolución. El convencimiento de la marinería del Acorazado Potemkin en el cambio social, fue la principal fuerza detrás de su logro.
Sin compromiso ideológico es arriesgado avanzar en la socialización de los medios de producción. Experiencias recientes en Venezuela, muestran que los reflejos condicionados creados sobre nuestra gente, hace que afloren la viveza criolla, el nepotismo, el clientelismo, la extorsión incluso hacia otros entes del Estado, junto a otros males derivados de la cultura capitalista. Poderes otorgados, son usados por mafias sindicaleras para su propio beneficio y no del conjunto de los trabajadores. Estas lacras demuelen cualquier intento de autogestión. Estos reflejos condicionados se confrontan con la espontaneidad de la acción y el pensamiento, libre de los influjos y la seducción del marketing burgués, colocando al colectivo trabajador como sujeto de su propia liberación y constructor del socialismo.
La gran incógnita que surge de esta reflexión, es si la dirección actual del proceso venezolano sabrá enviar señales claras a los trabajadores de que ese es el camino, el de la revolución socialista y bolivariana y no el del compromiso socialdemócrata.

Tomado de http://humanidadenred.org.ve/la-construccion-del-socialismo-i-por-bernardo-ancidey/

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