Omar Gómez
El pasado 23 de mayo, la Patria enfrentó un episodio que despierta la más profunda indignación popular; una afrenta directa al bravo pueblo de Venezuela y a los sublimes ideales de la soberanía bolivariana que nos cohesionan como nación. Más que una humillación, fue una provocación descarada contra nuestra dignidad histórica.
En esa nefasta jornada, nuestro sagrado espacio aéreo fue nuevamente mancillado por las aeronaves de guerra del imperialismo estadounidense. Con la arrogancia que caracteriza a las potencias decadentes, irrumpieron en los cielos de Caracas. Frente a este deplorable espectáculo de intimidación, donde la Casa Blanca nos amenaza con la bota imperial y el dedo sobre el gatillo, el pueblo venezolano, lejos de paralizarse, observa, analiza y acumula fuerzas. La paciencia estratégica no es sumisión; es la madurez de una revolución asediada.
Sentir la presencia de quienes han orquestado el secuestro de nuestro liderazgo legítimo y financiado el asesinato de las decenas de compatriotas y mártires que opusieron una heroica resistencia, desgarra el alma nacional. Ver la maquinaria bélica de estos genocidas surcando el horizonte de la cuna de Bolívar, constituye un golpe a la memoria de nuestros caídos. No es fácil contener el fervor patriótico ante tamaña afrenta, pero el silencio táctico de hoy es la garantía de la victoria del mañana.
Como herederos de la gloria de los Libertadores, comprendemos que transitamos una fase de resistencia activa, enraizada en la doctrina defensiva de todo el pueblo. La asimetría militar actual frente a la principal potencia hegemónica no se traduce jamás en sumisión ciega o claudicación; por el contrario, nos exige agudizar la conciencia de clase e identificar con total claridad a nuestro enemigo histórico. Es la hora de la diplomacia de los pueblos, de tejer la unidad internacional antiimperialista y de consolidar un mundo multicéntrico y pluripolar.
Resulta urgente sumar voluntades a escala global para desnudar la verdadera faz del imperio más cruel, depredador y devastador que ha conocido la historia de la humanidad. Debemos llevar un mensaje irrefutable a cada rincón del mundo: el modelo de dominación y la voracidad de Washington constituyen la mayor amenaza, no solo para los proyectos de emancipación, sino para la continuidad de la vida misma en el planeta. Derrotaremos al pedófilo de la Casa Blanca y a su maquinaria de crímenes y maldad.
Que esta justa indignación se transforme en combustible inagotable para la organización popular y la trinchera de ideas. Convertiremos esta agresión en un poderoso instrumento de lucha, de denuncia sistemática y, en última instancia, en el camino hacia la derrota definitiva del imperialismo.
¡Independencia y Patria Socialista!