domingo, 22 de febrero de 2026

De la Plaza Altamira a la intervención normalizada

 

Omar Gómez 

En octubre de 2002, un grupo de militares subordinados a los intereses del Pentágono y traidores a la voluntad popular, convirtieron la Plaza Altamira de Caracas en el epicentro de una puesta en escena grotesca. Al declararla “zona liberada”, no solo buscaban la insubordinación, sino ejecutar un golpe fascista contra la naciente Revolución Bolivariana. Aquellos "militares sin tropa", respaldados por la mal llamada “Coordinadora Democrática” —brazo ejecutor de la oligarquía—, pretendieron burlar al pueblo. Mientras las pantallas de la canalla mediática los pintaban como "perseguidos", estos personajes pernoctaban en el lujo del Hotel Four Seasons, alimentando un relato de odio que convenció a sectores alienados de una supuesta “cubanización” y de soñadas alianzas terroristas.

Aquella fue una etapa de fuego para la Revolución. Enfrentábamos una guerra asimétrica donde el poder mediático internacional nos condenaba de antemano. Internamente, la militancia se impacientaba: ¿Por qué el Gobierno no actuaba con fuerza contra ese foco de sedición? El debate hervía en las bases. Algunos, presas de la confusión, hablaban de supuestos pactos bajo la mesa con el imperialismo. Sin embargo, lo que ocurría era un ejercicio de alta política estratégica.

Con el sabotaje petrolero de diciembre, la derecha intentó asfixiar a la Patria. Pero mientras la oligarquía celebraba el caos, el pueblo humilde, en las colas de las gasolineras, acumulaba una conciencia de clase inquebrantable. Para febrero de 2003, el Comandante Chávez había aplicado magistralmente la máxima de Sun Tzu: “El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar”. Sin disparar un solo cartucho contra la plaza, la conspiración se desmoronó por su propio peso moral y por el control estratégico de nuestra industria petrolera.

Hoy, Venezuela atraviesa un escenario que exige una mirada crítica y profundamente bolivariana. Tras el reciente y criminal secuestro del Presidente Maduro y la brutal intervención del ejército estadounidense que cobró la vida de más de cien compatriotas, nos encontramos en una encrucijada ética.

Resulta, cuanto menos, doloroso para el sentimiento revolucionario ver cómo se restablecen canales con quienes apretaron el gatillo. La presencia en suelo patrio de figuras nefastas como el Jefe del Comando Sur o el Director de la CIA genera una lógica suspicacia. ¿Cómo estrechar la mano que aún tiene rastros de la sangre derramada el pasado 3 de enero de 2026?

Es imperativo preguntarnos si estamos ante una nueva maniobra de alta estrategia para evitar una masacre mayor, emulando el gesto del Comandante Chávez del 13 de abril de 2002 cuando, crucifijo en mano, llamó al perdón de los golpistas para preservar la paz. Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos. La geopolítica actual nos muestra una realidad cruda: la solidaridad internacional de ciertas potencias aliadas fue tibia y fugaz. En la hora de las dificultades, la Revolución suele estar sola con su pueblo.

Ante esta realidad, la respuesta no puede ser la pasividad ni el silencio cómplice. El momento exige radicalizar la Democracia Comunal, ejercer el poder desde las bases y derrocar el Estado burgués, fortalecer la formación permanente, profundizando en el socialismo y denunciando al Imperio, y por último, arreciar la Guerrilla Comunicacional, desmontando las matrices de opinión que intentan normalizar la situación de Patria mancillada por la que pasamos.

La irreversibilidad de la Revolución Bolivariana no depende de pactos diplomáticos, sino de la organización popular y de nuestra capacidad de recordar que, ante el imperio, como decía el Ché, no se le puede creer ni un tantito así.

¡ Venceremos ! 

sábado, 14 de febrero de 2026

Nos Visita Trump!!

 Omar Gómez

Se asoma en el horizonte la pretensión absurda de una visita del jefe del imperio estadounidense a nuestra tierra. Que nadie se confunda: este personaje es, por donde se le mire, persona no grata en la Patria de Bolívar. No es bienvenido. No lo será jamás. Históricamente, cada vez que un mandatario gringo ha osado mancillar con su presencia el suelo latinoamericano, los pueblos despiertan en un solo grito de repudio. Los venezolanos, herederos de la gloria de Bolívar y el ímpetu de Chávez, debemos prepararnos para dar una respuesta contundente.

Es una afrenta a la lógica y a la ética que el representante del asedio pretenda visitarnos. No es bienvenido. El personaje que hoy encarna la Casa Blanca —el moderno Nerón de la política global— representa la síntesis de la insania imperialista, la degradación moral, el desprecio a las leyes y la obsesión por el poder. Permitir su entrada sería aceptar que el verdugo camine y tome café en la casa de sus víctimas.

¿Acaso alguien con dignidad y orgullo abriría las puertas de su hogar a quien ha secuestrado violentamente al jefe de familia y ha asesinado sin piedad a quienes resistieron? Recibir al jerarca del imperio es insultar la memoria de los más de 120 mártires asesinados, caídos bajo el fuego y la crueldad de la invasión. Sería irrespetar la memoria de nuestro Presidente Constitucional que fue secuestrado y hoy está encarcelado en el imperio. La sangre de nuestros hermanos clama justicia.

En el siglo pasado, figuras como Kennedy, Carter, Bush y Clinton pisaron nuestra patria. Lo hicieron bajo el amparo de la democracia representativa y lacaya del Puntofijismo. Aun así fueron fuertemente repudiados y eso conllevó a cientos de detenciones, represión y castigos a quienes alzaron su voz. En aquel entonces, traidores como Betancourt, Pérez y Caldera se comportaron como perros falderos, moviendo la cola ante el amo del norte, mendigando un espaldarazo de quien realmente gobernaba desde Washington.

Hoy la realidad es radicalmente distinta. Hoy en Miraflores no gobierna una élite entreguista; gobierna el pueblo organizado, la conciencia rebelde de una nación que ha resistido el asedio más feroz de la historia contemporánea. Hoy nuestra dignidad ha sido recuperada y seguiremos así.

Confiamos plenamente en el manejo soberano de la política internacional que viene adelantando nuestra Vicepresidenta Ejecutiva, hoy Presidenta Encargada, Delcy Rodríguez. Su conducción ha sido ejemplo de dignidad y firmeza bolivariana. Sin embargo, somos conscientes de que el imperio no cesa en sus presiones, chantajes y maniobras. Es posible que, por compromisos ineludibles, obligaciones de Estado o como parte de alguna negociación necesaria para la paz, se vea en la obligación de tener que recibir a este nefasto e indigno personaje. O tal vez para mantener con vida a nuestro Presidente Nicolás Maduro.

Si eso ocurriera, si la razón de Estado obligara a un encuentro formal, el pueblo venezolano tiene algo muy claro: el recibimiento al pedófilo lo haremos nosotros. Será el Poder Popular, los consejos comunales, las comunas, los movimientos sociales, los partidos revolucionarios, las juventudes combativas, los patriotas y todos aquellos que repudiamos de manera frontal e indeclinable al gobierno estadounidense, quienes saldremos a las calles a dar la cara. Nos enfrentaremos por Bolívar, por Chávez y por la lealtad inquebrantable a Nicolás Maduro. Defenderemos nuestra historia y la memoria de nuestros camaradas con la fuerza de un pueblo que decidió ser libre para siempre.

No es posible, ni será aceptado bajo ninguna circunstancia, que el asesino Trump, genocida, racista empedernido, supremacista, depredador sexual y pedófilo, visite a nuestro pueblo. Su historial de crímenes contra la humanidad, su complicidad con los más violentos lobbys de poder, su desprecio por los pobres de la tierra, lo hacen completamente inmerecedor de pisar el suelo sagrado de la República.

No te queremos. No vendrás. Te repudiamos. Y ese repudio comienza desde el mismo momento cínico en que te atreves a concebir la posibilidad de venir.

El pueblo venezolano, heredero de la espada libertadora y del legado del Comandante Supremo, tiene la memoria larga y el puño en alto. Que el imperio sepa: aquí no encontrarán alfombras rojas, sino la dignidad de un pueblo que jamás volverá a arrodillarse.

¡Venceremos!

sábado, 7 de febrero de 2026

La Podredumbre del Capitalismo: Los Archivos de Epstein

Omar Gómez

El caso de Jeffrey Epstein no es un hecho aislado de criminalidad individual; es la radiografía exacta de la fase superior de la descomposición moral del sistema capitalista. Epstein, magnate financiero y operador de las élites, no solo orquestó redes de trata y violaciones; funcionó como el engranaje que garantizaba la cohesión de la oligarquía global mediante el chantaje y la satisfacción de los instintos más inhumanos.

En la lógica del capital, todo es mercancía, incluso la vida humana. En la llamada isla de Epstein, o "isla del pecado", el magnate transformó el dolor y la dignidad de niñas y adolescentes en un producto de consumo para la élite transnacional. Los archivos revelan una verdad dolorosa para los pueblos oprimidos: mientras el imperialismo predica "derechos humanos" para intervenir naciones soberanas, sus líderes participaban en bacanales de tortura, secuestro y violación. Aquí, el Capitalismo mostró su verdadera cara, donde el dinero compra el derecho a la barbarie con total impunidad. Esa barbarie se transformó en cientos de violaciones infantiles, trata de blanca, sadismo y hasta prácticas de canibalismo infantil.

La presencia recurrente de personajes como Bill Clinton y Donald Trump en los registros de Epstein demuestra que, en las altas esferas del poder imperial, no hay diferencias de fondo entre las facciones políticas. Ambos representan los intereses de una clase dominante que desprecia la condición humana. Bill Clinton: El supuesto "adalid de la paz" y frecuente nominado al Nobel, desenmascara la hipocresía liberal. Su participación no es un desliz personal, sino un ejercicio continuo de violencia sistémica contra los más vulnerables. Donald Trump: Encarna la brutalidad abierta del capital. Para el supremacismo que él representa, la vida de los desposeídos no tiene valor. Si es capaz de participar en redes de pedofilia y explotación, es lógico que su política exterior se base en el asedio a los pueblos, el bloqueo criminal y el desprecio por la soberanía de las naciones del sur.

Es importante notar que no sólo fueron políticos, sino personajes de la economía, de la realeza, del mundo financiero, en fin, gente con mucho poder como Bill Gates y Elon Musk, entre otros, milmillonarios que al parecer no saben qué hacer con tanto dinero y poder. El caso de Bill Gates es ejemplo de ironía pura, pues es reconocido como un famoso y admirado “filántropo”.

El dudoso suicidio de Epstein en una prisión federal no fue un acto de desesperación, sino una operación de limpieza del sistema para proteger a sus cuadros dirigentes. La muerte de Epstein intentó enterrar los nombres de los verdaderos dueños del poder. Sin embargo, la verdad es inocultable: la conducta depredadora de Trump y Clinton en la esfera privada es el espejo de su conducta criminal en la geopolítica. Un sistema que produce y protege a sujetos como Epstein es un sistema que ha perdido cualquier legitimidad ética para dirigir los destinos de la humanidad.

Trump y Epstein no son anomalías; son la culminación lógica de un modelo que pone el capital por encima de la vida. La dupla Trump-Epstein define la podredumbre de un imperialismo decadente que consume a su propia juventud y agrede a los pueblos del mundo. Frente a esta barbarie capitalista, se alza la necesidad de una conciencia bolivariana y socialista que rescate la dignidad del ser humano y construya un mundo donde la infancia sea sagrada y el poder resida en la justicia, no en la depravación financiera. En eso, Venezuela es ejemplo a seguir.

 

martes, 27 de enero de 2026

La normalidad en Venezuela

 

Omar Gómez

Existe una matriz de opinión, hábilmente orquestada, que pretende instaurar la idea de que en Venezuela reina una "normalidad" absoluta. Según este relato, "aquí no ha pasado nada". Sin embargo, esa aparente calma no es más que una fase avanzada de la guerra psicológica contra la nación. El imperialismo, tras fracasar en su intento de rendirnos por hambre y caos, ahora recurre a la anestesia social: una narrativa mediática que busca invisibilizar el secuestro de nuestro Presidente Constitucional, el bombardeo a instalaciones civiles y militares, y el sacrificio de mártires venezolanos y cubanos.

Al levantar la mirada hacia el horizonte internacionalista, la máscara de la "normalidad" se desmorona. No hay normalidad en un mundo donde el Imperio moviliza su maquinaria de guerra hacia el Golfo Pérsico para asediar a la hermana República Islámica de Irán. No hay normalidad en las pretensiones de un Leviatán terrófago que, con lógica neocolonial, pone precio a territorios soberanos y recursos ajenos.

Lo que el capital trasnacional intenta normalizar es la barbarie: El exterminio del pueblo palestino a manos del brazo ejecutor sionista en el Medio Oriente, bajo el amparo criminal de Washington, el uso del dólar como arma de guerra, a través de sanciones, aranceles arbitrarios y la coerción financiera,  la erosión de la soberanía mediante intervenciones directas en todos los continentes.

Si esto es lo "normal" para algunos, es porque han asimilado la ética de los opresores. Para un revolucionario, esto es un estado de guerra permanente contra la humanidad.

La realidad venezolana dista mucho de ser cotidiana. El bloqueo financiero persiste como un torniquete en el cuello de nuestra economía; las instituciones democráticas sufren el acoso constante de la bota imperial y sobre nuestras autoridades pende la espada de Damocles de la persecución judicial internacional.

Ante este escenario, el silencio es complicidad. Es imperativo denunciar la parálisis de los organismos internacionales, cuya burocracia parece diseñada para la impunidad del poderoso. Como bien sentenció el Comandante Hugo Chávez:

"El sistema de las Naciones Unidas no sirve. Hay que refundarlo o habrá que crear un nuevo sistema, porque lo que hay es un mecanismo de dictadura global."

La impunidad, hermana inseparable del imperialismo, solo se derrota con la verdad y la fuerza de los pueblos. No basta con la queja; la tarea histórica es la organización. Siguiendo el mandato bolivariano de la unión necesaria y el legado de Chávez sobre el Pueblo en Armas, debemos entender que nuestra defensa nacional no depende de tribunales extranjeros, sino de la cohesión cívico-militar.

Solo la unidad del pueblo organizado, consciente de su pasado libertador y de su destino socialista, será capaz de doblegar las pretensiones del Imperio. Frente a la mentira de la normalidad, opongamos la verdad de la lucha.

¡¡Venceremos!!

La Defensa de la Revolución

 

Omar Gómez

Desde el triunfo de la Revolución en nuestra Patria, se inició la arquitectura de un nuevo entramado de relaciones internacionales. Bajo la guía del ideal bolivariano e internacionalista, Venezuela puso su riqueza energética al servicio de la unión de los pueblos, fundando y financiando mecanismos de integración genuina como la CELAC, la UNASUR y PETROCARIBE. Estos no fueron simples acuerdos comerciales, sino una apuesta socialista por la solidaridad regional, diseñada para romper la hegemonía del capital y construir un blindaje diplomático en defensa de nuestra autodeterminación.

En el escenario extrarregional, la alianza estratégica con potencias como Rusia, China e Irán ha tenido como eje el intercambio tecnológico y el desarrollo conjunto. Sin embargo, la historia reciente nos ha dado una lección de realismo político: muchos incurrieron en el error de creer que este robusto mapa de relaciones constituiría un muro infranqueable contra la voracidad del imperialismo estadounidense.

Nada más alejado de la realidad dialéctica. Ante la agresión directa, los bombardeos mediáticos y económicos, y el secuestro de nuestro Presidente Constitucional, la respuesta de la comunidad internacional —incluso la de nuestros aliados más cercanos— a menudo no trascendió el plano de la condena declarativa. Quienes depositaron su confianza en que potencias extranjeras actuarían como escudos militares de nuestro proceso, chocaron de frente con la cruda verdad: la defensa de la Revolución es una tarea intransferible del pueblo en armas.

Como bien advertía el Libertador Simón Bolívar en su momento, la esperanza en el auxilio de las potencias emergentes suele ser una quimera. En la gesta de independencia, los patriotas comprendieron que ni los estadounidenses ni los ingleses moverían un dedo contra el Imperio Español si eso no favorecía sus propios intereses comerciales. Fue el arrojo del Ejército Libertador —un pueblo convertido en soldados— el que doblegó al imperio más poderoso de la época. Si bien contamos con el valioso aporte de voluntarios internacionalistas, la victoria fue una obra auténticamente nuestra.

Hoy nos encontramos en una coyuntura similar. La historia nos convoca a deslastrarnos de cualquier ilusión de tutela. El único garante de nuestra seguridad, de nuestra paz y de la continuidad del socialismo bolivariano es la organización, la profundización del modelo comunal, la construcción de una economía endógena, y por supuesto una sólida unión cívico-policial-militar.

Solo nosotros, con la claridad política de quien sabe que el imperialismo no tiene amigos sino intereses, lograremos el triunfo definitivo. La victoria de la Revolución depende exclusivamente de nuestra capacidad de resistencia, de nuestra unidad interna y de la voluntad inquebrantable de ser libres, soberanos e independientes.

¡¡Venceremos!!