viernes, 8 de mayo de 2026

Cuatro verdades sobre el Día de la Victoria (fin de la segunda Guerra Mundial)

 

Omar Gómez

Cada 8 y 9 de mayo, los pueblos del mundo —liderados por la Federación de Rusia y las naciones que integraron la heroica Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)— conmemoran el Día de la Victoria. Esta fecha no es un simple acto protocolar; representa el hito más trascendental de la historia contemporánea: la capitulación incondicional de la Alemania nazi ante el legendario Mariscal Zhúkov. Sin embargo, a medida que la hegemonía comunicacional de Occidente intenta desvirtuar el pasado, se hace imperativo rescatar las verdades históricas que los centros de poder imperialista han pretendido borrar.

Es importante destacar un conjunto de verdades que con el tiempo se han ido deformando, especialmente por parte de los estadounidenses y algunos europeos,  tratando de reescribir lo que verdaderamente sucedió.

Primera verdad: Es un hecho documentado que la fuerza militar que verdaderamente desarticuló al Tercer Reich y liberó a Europa fue la Unión Soviética. Mientras la maquinaria de propaganda de Hollywood ha construido un relato donde los Estados Unidos aparecen como los únicos salvadores, la realidad material es distinta. La URSS fue la nación que asumió el mayor sacrificio humano y material, con una cifra desgarradora de 26,6 millones de víctimas (aproximadamente el 15% de su población). Fue el pueblo soviético quien, tras resistir la embestida nazi, logró avanzar triunfante hasta el corazón de Berlín.

Segunda verdad: Los denominados "países aliados" postergaron deliberadamente la apertura del frente occidental. Solo cuando la ofensiva del Ejército Rojo se tornó imbatible y el avance socialista hacia el oeste era inminente, las potencias anglosajonas decidieron ejecutar el desembarco de Normandía. Su objetivo no fue aliviar el asedio criminal sobre Leningrado, Stalingrado, Kursk o Moscú, sino contener la expansión de la influencia soviética. El desembarco aliado fue una maniobra geopolítica de contención, ejecutada tras el fracaso de su esperanza tácita: que el nazismo exterminara a los soviéticos.

Tercera verdad: La narrativa oficial occidental sitúa el fin de la guerra en la rendición de Japón, minimizando el Día de la Victoria en Europa. No obstante, para agosto de 1945, el Imperio del Japón ya se encontraba militarmente colapsado. Las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki no fueron una necesidad estratégica para finalizar el conflicto, sino un acto de terrorismo de Estado y experimentación con seres humanos. Los Estados Unidos utilizaron a la población civil japonesa como "conejillos de indias" para enviar un mensaje de supremacía nuclear al mundo, especialmente a la URSS, marcando el inicio de la Guerra Fría con un espantoso crimen de lesa humanidad.

Cuarta verdad: Es necesario desmitificar la exclusividad del término "Holocausto judío". Lo ocurrido bajo el régimen nazi fue un genocidio integral contra la condición humana. Si bien el pueblo judío fue víctima de una persecución sistemática, la maquinaria de exterminio nazi también se dirigió con igual ferocidad contra gitanos (romas), pueblos eslavos (especialmente polacos y soviéticos), comunistas, anarquistas, personas con discapacidad y los homosexuales. La reducción de esta tragedia a una narrativa única invisibiliza a millones de mártires de la clase obrera y la resistencia política.

La victoria de 1945 fue un triunfo sobre una estructura formal, pero la ideología que la sustentaba no fue erradicada; hoy se camufla bajo el manto del neoliberalismo y el neofascismo. Observamos con alarma la reivindicación de estéticas y políticas neonazis en el régimen de Kiev encabezado por Zelensky, así como en los núcleos de poder en Washington, en el avance de la ultraderecha en Argentina y El Salvador, y de manera flagrante en el genocidio perpetrado por el Estado sionista de "Israel" contra el pueblo palestino.

En el contexto venezolano, no podemos ignorar a los agentes locales del imperialismo. Figuras que, bajo el disfraz de "premio nobel de la paz", promueven la exclusión, el odio racial y la entrega de nuestra soberanía, actuando como representantes de esa misma mentalidad nazi que hoy bombardea naciones.

Parafraseando a  Sartre, hoy está más vigente que nunca la idea de que con el Fascismo no se discute, al fascismo se le destruye. Igual es con el nazismo, porque en el fondo son lo mismo. El poder popular, los movimientos progresistas y en general quienes creen en la libertad y la justicia social de toda la humanidad no pueden comulgar con el fascismo, ni siquiera dialogar con ellos, porque el fascismo y el nazismo no son una ideología, ni siquiera una opinión política, más bien son un sistema de opresión, una dictadura implacable contra el pueblo.

El carácter sangriento y criminal del nazifascismo lo conocen los supervivientes de Gaza, lo viven los bombardeados en Irán, lo sufren las generaciones que decenas de años después siguen afectadas por las secuelas de las bombas atómicas en Japón y  por las bombas químicas en Vietnam. Incluso en nuestra tierra, la agresión gringa del 3 de enero de 2026 dejó una huella imborrable en las familias venezolanas, recordándonos que la lucha por la justicia social y la libertad es una batalla permanente contra quienes pretenden imponer una dictadura global.

¡¡ Viva el Día de la Victoria !!

¡¡ Venceremos !!

miércoles, 29 de abril de 2026

El día de los trabajadores (no del trabajador, ni del trabajo)

Omar Gómez

El Primero de Mayo suele presentarse como el "Día Internacional de los Trabajadores", sin embargo, es imperativo precisar su contenido político. No es el día del trabajo, ni el día del trabajador, ni el de los trabajadores como simple plural. Es el día de todos los trabajadores, el día del movimiento obrero mundial, de la clase obrera consciente, de quienes constituyen el motor real de la historia y el desarrollo de la vida. A diferencia del concepto burgués de "Labor Day" (Día del Trabajo) que celebran en los Estados Unidos cada mes de septiembre —una categoría despojada de sujeto político para invisibilizar al explotado—, el Primero de Mayo pertenece al espíritu colectivo de quienes transforman la naturaleza y producen la riqueza social.

Esa fecha se  conmemora en honor a la gesta heroica de los Mártires de Chicago, líderes obreros que en 1886 desafiaron la estructura del capital para exigir una jornada laboral de ocho horas. Aquellos mártires no fueron "colaboradores" de las empresas; fueron revolucionarios capturados, juzgados por tribunales al servicio de la burguesía y condenados a la horca. Resulta una paradoja histórica que los EE.UU., cuna de este sacrificio, así como otras potencias imperiales como Canadá y Australia, se nieguen a reconocer esta fecha, intentando borrar de la memoria colectiva la capacidad de insurgencia del proletariado.

En nuestra Patria, los 1° de mayo han corrido históricamente el riesgo de reducirse a la espera de anuncios salariales. Si bien la protección del ingreso es vital frente a la guerra económica, el debate no puede quedar atrapado en la pugna entre sindicatos tradicionales y cámaras empresariales. Salir del economicismo es una necesidad estratégica. Para que la clase obrera avance hacia la construcción del socialismo y la transformación económica, el Partido debe actuar como el catalizador y apoyo del movimiento. El Primero de Mayo en Revolución no puede ser un desfile cargado de consignas vacías ni un evento de pasividad; debe ser el epicentro de la organización popular.

En plena transición al socialismo, celebramos la unión cívico-militar-policial y el despertar de la conciencia de clase. No basta con ser "trabajadores"; hay que ser sujetos revolucionarios. Para ello, es importante fortalecer los Consejos Productivos de Trabajadores y Trabajadoras (CPTT) como órganos de gestión directa que rompan con la lógica burocrática y empresarial. Es necesaria la articulación Comunal, la unidad indisoluble entre la fábrica y el barrio, uniendo los CPTT con los Consejos Comunales y las Comunas para territorializar y potenciar la producción y la organización.

Otro elemento importante es el internacionalismo Proletario, necesario para fomentar la coordinación con movimientos obreros del Sur Global para enfrentar al imperialismo de forma conjunta. Y no menos importante, debemos profundizar la Constituyente Laboral, entendiéndola como un proceso constituyente permanente, donde la legislación laboral se actualice no para "regular el empleo", sino para blindar el nuevo modelo económico socialista.

En esta coyuntura de agresión directa por parte de los EEUU, donde denunciamos con firmeza el secuestro de nuestro Presidente y los atroces asesinatos perpetrados durante la incursión del imperialismo gringo del pasado 3 de enero de 2026, la respuesta de la clase obrera debe ser la ofensiva. La lucha obrera es la brújula que guía la construcción de la nueva sociedad venezolana.

"Solo el pueblo salva al pueblo, y solo una clase obrera organizada y consciente podrá garantizar la irreversibilidad de la Revolución Bolivariana y la derrota del Imperialismo."

¡Venceremos!

 

sábado, 11 de abril de 2026

Una agresión nuclear en la mira

 

Omar Gómez

El pasado martes 7 de abril, el orate de la Casa Blanca descargó una ráfaga de amenazas que exponen la naturaleza genocida del norte: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”. Ante tal barbarie, el mundo contuvo el aliento frente a la posibilidad de un holocausto nuclear, única vía para cumplir la promesa de borrar pueblos enteros de la faz de la tierra.

Esta amenaza no es un delirio aislado por dos razones fundamentales: El precedente histórico: Estados Unidos es la única nación que ha descargado el horror atómico sobre poblaciones civiles (Hiroshima y Nagasaki) y La irracionalidad del mando: El dedo sobre el botón nuclear pertenece a un liderazgo desequilibrado que desprecia la vida humana.

Para el imperialismo, el uso de armamento nuclear es una opción real bajo la premisa de la impunidad total. Su lógica es cínica: “Lanzamos la bomba, ¿y qué?”. Esta frase no es nueva; es el mismo eco terrorista de quienes hicieron estallar el avión de Cubana de Aviación en 1976, asesinando a todo el equipo de esgrima de Cuba, otros deportistas, la tripulación y a civiles inocentes (se puede leer el libro “Pusimos la bomba ¿y qué? ” de la periodista Alicia Herrera en el siguiente link de la editorial El Perro y la Rana: http://www.elperroylarana.gob.ve/wp-content/uploads/2021/11/Pusimos_la_bomba_y_qu%C3%A9.pdf)

La historia de los EE. UU. es la historia del atropello: secuestro de presidentes, golpes de estado y genocidios sistemáticos. Todo esto ocurre ante la mirada complaciente de organismos internacionales que, lejos de frenar a la bestia, se limitan a condenas tibias y burocráticas.

Lo asombroso de la jornada del martes fue el repliegue humillante del cómplice de Epstein. En cuestión de minutos, el discurso bélico se transformó en la aceptación de un plan de paz propuesto por la República Islámica de Irán. Los diez puntos publicados no son más que un acta de rendición para el Imperio, que desde el miércoles proyecta ante el mundo la imagen de una potencia derrotada buscando una salida honrosa.

Mientras tanto, la entidad sionista —brazo ejecutor del imperialismo en la región— persiste en su agresión contra el Líbano. Ante esto, la respuesta soberana de Irán ha sido firme: la agresión al pueblo libanés es una continuación de la guerra y, por lo tanto, el Estrecho de Ormuz permanecerá cerrado. La paz sigue bajo amenaza por la voracidad criminal de Netanyahu.

A los pocos días, el guión ha vuelto a cambiar. El Imperio retoma el tono de soberbia, lanza nuevos ultimátums y amenaza nuevamente con la destrucción de Irán. Queda claro que estamos ante los estertores de un sistema que, en su desesperación por no perder la hegemonía, recurre al chantaje eterno. ¿Será más de lo mismo?

¡¡ Venceremos !!

sábado, 4 de abril de 2026

Un balance a tres meses del secuestro de Maduro

 

Omar Gómez

Han transcurrido ya tres meses desde el cruento secuestro de nuestro Presidente. Es un momento propicio para realizar un balance de la situación. Tras aquella sangrienta agresión imperialista, los días han demostrado que el pueblo no se quedó de brazos cruzados, pese a las burlas de los voceros de la derecha apátrida y las infamias proferidas por el pedófilo y genocida que hoy manda en la Casa Blanca.

La agresión no fue menor: destinaron más de 150 aeronaves equipadas con tecnología de punta para cegar nuestros radares e intentar invisibilizar la invasión. Ante un despliegue militar abrumador, lo ocurrido no puede calificarse como una simple "extracción": fue una batalla desigual donde la sorpresa y la superioridad tecnológica se impusieron sobre nuestra resistencia, dejando un saldo heroico de más de cien mártires que ofrendaron su vida por la Patria.

Pese al ataque, la institucionalidad venezolana demostró una solidez inquebrantable. La consulta inmediata a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) permitió preservar el hilo democrático y la paz social. Quienes soñaron con el colapso de la Revolución Bolivariana quedaron perplejos ante la capacidad de recuperación inmediata de nuestras instituciones y la continuidad de la vida republicana.

Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos: no hemos retornado a una normalidad. Por el contrario, sufrimos hoy la presión de la bota imperial pretendiendo humillarnos e imponernos decisiones soberanas que, en condiciones distintas, jamás aceptaríamos. A este escenario se suma una lección geopolítica amarga, estar solos a nivel internacional, pues nuestros aliados internacionales se limitaron a emitir tibias condenas diplomáticas ante la invasión perpetrada contra nuestra Patria.

En este trimestre, hemos visto cómo la economía se abre a capitales estadounidenses mientras nuestros aliados históricos permanecen en la incertidumbre. Esta coyuntura ha limitado nuestra solidaridad activa con pueblos hermanos como Irán y Cuba, víctimas también de la agresión imperialista más descarada. Todo esto ocurre bajo el silencio cómplice de organismos internacionales como la ONU, institución que enmudeció frente al secuestro de nuestro Presidente.

Los cambios de Gabinete y la ley de amnistía fueron, para muchos, indicios de un cambio profundo, sin embargo, ignoran que en el primer caso, estos procesos son parte de la continuidad natural de los cambios que siempre se dan en el alto gobierno, y en el segundo caso, la amnistía estaba planificada desde el mes de diciembre.

La ultraderecha interna y los sectores recalcitrantes del fascismo mundial esperaban que Venezuela se sumiera en el caos para justificar un derrocamiento. Se equivocaron. El país se mantuvo en calma, el pueblo siguió trabajando y, como muestra de vigor democrático, se celebró con éxito la Primera Consulta Nacional de Proyectos, un hito de democracia participativa que los medios hegemónicos pretendieron invisibilizar.

A pesar de hechos que generan legítima preocupación —como el restablecimiento de relaciones con nuestros agresores, la reapertura de la embajada gringa o las visitas de altos mandos de la CIA y el Comando Sur—, la Revolución Bolivariana exhibe logros políticos importantes en estos 90 días: La preservación de la paz nacional, evitando la guerra civil que el fascismo vaticinó, el desarrollo indetenible del Poder Popular, reforzando la organización de base y la participación en los proyectos comunales a nivel nacional, y por último el protagonismo en el Diálogo Sur-Sur, destacando nuestra participación en el I Foro de Alto Nivel entre la CELAC y la Unión Africana.

Es con la organización del pueblo, a nivel nacional e internacional, que se podrá enfrentar y derrocar al Imperio más poderoso, más asesino, más corrupto y más despiadado que ha tenido la humanidad.

¡Venceremos!