Omar Gómez
La historia de nuestra América Latina está llena de coincidencias en donde es constantemente saqueada por las élites financieras subordinadas a los intereses imperialistas de Washington. Pero no son coincidencias. Lo que estamos presenciando hoy en Paraguay, por ejemplo, no es un hecho aislado o un simple "accidente económico"; es la repetición exacta del guión capitalista y neoliberal que desangró a Venezuela en 1994 y que asfixió a la Argentina a principios de los años 2000. El modus operandi de la oligarquía y sus amos del Norte es siempre el mismo: privatizar las jugosas ganancias para la burguesía apátrida y socializar las pérdidas para que las pague el pueblo.
Para entender a fondo el colapso paraguayo, debemos mirar nuestra propia memoria histórica. En el año 1994, bajo el gobierno de Rafael Caldera (quien venía de recibir el mandato ese mismo año de manos de Ramón J. Velásquez y este del destituido Carlos Andrés Pérez), Venezuela sufrió una de las mayores estafas perpetradas contra su población. Todo comenzó con el descalabro del Banco Latino y el Grupo Latinoamericana Progreso, una chispa que encendió un polvorín. La crisis se extendió como pólvora, devorando rápidamente al resto del sistema bancario: Banco Progreso (anteriormente Banco Zulia), Banco Principal (antes Banco Principal de los Llanos), Banco Ítalo-Venezolano, Banco Profesional, Banco Amazonas (antes Banco Insular), Bancor, Banco Barinas, Banco La Guaira (antes Banco La Guaira Internacional), Banco de Maracaibo, Banco Metropolitano, Banco Construcción (antes de la Construcción y de Oriente), y las Sociedades Financieras Fiveca, Confinanzas y Cremerca.
¿Quiénes movían los hilos de esta arquitectura del saqueo? Luego de la victoria de Carlos Andrés Pérez en 1988, y la imposición de su paquetazo dictado desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), se nombró a Pedro Tinoco como presidente del Banco Central de Venezuela. Zamuro cuidando carne, se decía en las calles de Caracas. Tinoco era uno de los principales accionistas del Banco Latino. Aunque no pudo ver la explosión final de la crisis porque falleció en 1993, su gestión consolidó lo que era público y notorio: la estrecha y obscena relación entre el Gobierno y ese grupo bancario oligarca. Por el BCV desfilaron tecnócratas como Miguel Rodríguez (quien asumió brevemente en 1992), Ruth de Krivoy, y posteriormente Antonio Casas González (1994-2000) que se dedicaron a estabilizar la crisis endeudándonos.
Las consecuencias de esta debacle planificada las pagó el pueblo venezolano, que perdió sus ahorros de toda la vida, mientras el gobierno auxiliaba generosamente a los banqueros prófugos. Venezuela se endeudó con los organismos internacionales para pagarle a estos banqueros. Pero este libreto de saqueo no se limitó a nuestras fronteras; las garras del imperio volvieron a clavarse en el sur pocos años después.
A principios de la década de los 2000, vimos al FMI y a Washington destrozar a la Argentina con el infame "Corralito". Bajo un gobierno arrodillado ante el capital extranjero, se congelaron los depósitos bancarios de millones de trabajadores. Mientras la burguesía, los grandes banqueros y las transnacionales fugaban sus dólares al exterior con total impunidad y con la complicidad del Estado, el pueblo argentino quedó atrapado, sin poder acceder al dinero de sus propios salarios, viendo cómo el fruto de su trabajo era confiscado para salvar a la banca. La receta capitalista fue la misma: estrangular al trabajador, confiscar sus ahorros y garantizar que los dueños del capital salieran ilesos.
¿A qué viene esta historia? A la indignante realidad que hoy, en pleno 2026, golpea al pueblo de Paraguay. El ciclo se repite con precisión milimétrica tras el colapso del Ueno Bank. El presidente de la República, quien era accionista y cuyo Gobierno mantenía estrechos vínculos con esta entidad bancaria, se vio acorralado. La crisis estalló, millones de ahorristas quedaron a punto de perder su dinero, y la farsa se derrumbó: el presidente tuvo que presentar su renuncia y hoy se encuentra bajo arresto en medio del estallido financiero. Una vez más, la primera acción del sistema es blindar los intereses de la casta financiera, intentar salvar a los banqueros y dejar en la calle a los trabajadores. Detrás de estas políticas de "rescate" siempre está la mano del imperialismo, asegurando que el capital transnacional no pierda su control sobre nuestra región.
Se sabe que la indignación popular y la crisis de ese sistema corrupto del 94 ayudaron a que, junto con las acciones del golpe del 4F, se constituyeran en el motor histórico que ayudó a que ganara el Comandante Hugo Chávez en 1998, fortaleciendo la conciencia de una patria que decidió ser libre y soberana. En Argentina, el corralito generó un estallido social que derrocó gobiernos y cambió el rumbo político del país. Hoy, con los paraguayos en las calles y sus ahorros secuestrados por los banqueros de turno, la historia nos obliga a lanzar al aire la pregunta definitiva: ¿Qué pasará en Paraguay? ¿Será esta nueva estafa capitalista la chispa que despierte la revolución y rompa definitivamente las cadenas del imperialismo en el sur?
¡Venceremos!