Omar Gómez
Se asoma en el horizonte la pretensión absurda de una visita del jefe del imperio estadounidense a nuestra tierra. Que nadie se confunda: este personaje es, por donde se le mire, persona no grata en la Patria de Bolívar. No es bienvenido. No lo será jamás. Históricamente, cada vez que un mandatario gringo ha osado mancillar con su presencia el suelo latinoamericano, los pueblos despiertan en un solo grito de repudio. Los venezolanos, herederos de la gloria de Bolívar y el ímpetu de Chávez, debemos prepararnos para dar una respuesta contundente.
Es una afrenta a la lógica y a la ética que el representante del asedio pretenda visitarnos. No es bienvenido. El personaje que hoy encarna la Casa Blanca —el moderno Nerón de la política global— representa la síntesis de la insania imperialista, la degradación moral, el desprecio a las leyes y la obsesión por el poder. Permitir su entrada sería aceptar que el verdugo camine y tome café en la casa de sus víctimas.
¿Acaso alguien con dignidad y orgullo abriría las puertas de su hogar a quien ha secuestrado violentamente al jefe de familia y ha asesinado sin piedad a quienes resistieron? Recibir al jerarca del imperio es insultar la memoria de los más de 120 mártires asesinados, caídos bajo el fuego y la crueldad de la invasión. Sería irrespetar la memoria de nuestro Presidente Constitucional que fue secuestrado y hoy está encarcelado en el imperio. La sangre de nuestros hermanos clama justicia.
En el siglo pasado, figuras como Kennedy, Carter, Bush y Clinton pisaron nuestra patria. Lo hicieron bajo el amparo de la democracia representativa y lacaya del Puntofijismo. Aun así fueron fuertemente repudiados y eso conllevó a cientos de detenciones, represión y castigos a quienes alzaron su voz. En aquel entonces, traidores como Betancourt, Pérez y Caldera se comportaron como perros falderos, moviendo la cola ante el amo del norte, mendigando un espaldarazo de quien realmente gobernaba desde Washington.
Hoy la realidad es radicalmente distinta. Hoy en Miraflores no gobierna una élite entreguista; gobierna el pueblo organizado, la conciencia rebelde de una nación que ha resistido el asedio más feroz de la historia contemporánea. Hoy nuestra dignidad ha sido recuperada y seguiremos así.
Confiamos plenamente en el manejo soberano de la política internacional que viene adelantando nuestra Vicepresidenta Ejecutiva, hoy Presidenta Encargada, Delcy Rodríguez. Su conducción ha sido ejemplo de dignidad y firmeza bolivariana. Sin embargo, somos conscientes de que el imperio no cesa en sus presiones, chantajes y maniobras. Es posible que, por compromisos ineludibles, obligaciones de Estado o como parte de alguna negociación necesaria para la paz, se vea en la obligación de tener que recibir a este nefasto e indigno personaje. O tal vez para mantener con vida a nuestro Presidente Nicolás Maduro.
Si eso ocurriera, si la razón de Estado obligara a un encuentro formal, el pueblo venezolano tiene algo muy claro: el recibimiento al pedófilo lo haremos nosotros. Será el Poder Popular, los consejos comunales, las comunas, los movimientos sociales, los partidos revolucionarios, las juventudes combativas, los patriotas y todos aquellos que repudiamos de manera frontal e indeclinable al gobierno estadounidense, quienes saldremos a las calles a dar la cara. Nos enfrentaremos por Bolívar, por Chávez y por la lealtad inquebrantable a Nicolás Maduro. Defenderemos nuestra historia y la memoria de nuestros camaradas con la fuerza de un pueblo que decidió ser libre para siempre.
No es posible, ni será aceptado bajo ninguna circunstancia, que el asesino Trump, genocida, racista empedernido, supremacista, depredador sexual y pedófilo, visite a nuestro pueblo. Su historial de crímenes contra la humanidad, su complicidad con los más violentos lobbys de poder, su desprecio por los pobres de la tierra, lo hacen completamente inmerecedor de pisar el suelo sagrado de la República.
No te queremos. No vendrás. Te repudiamos. Y ese repudio comienza desde el mismo momento cínico en que te atreves a concebir la posibilidad de venir.
El pueblo venezolano, heredero de la espada libertadora y del legado del Comandante Supremo, tiene la memoria larga y el puño en alto. Que el imperio sepa: aquí no encontrarán alfombras rojas, sino la dignidad de un pueblo que jamás volverá a arrodillarse.
¡Venceremos!