Omar Gómez
En octubre de 2002, un grupo de militares subordinados a los intereses del Pentágono y traidores a la voluntad popular, convirtieron la Plaza Altamira de Caracas en el epicentro de una puesta en escena grotesca. Al declararla “zona liberada”, no solo buscaban la insubordinación, sino ejecutar un golpe fascista contra la naciente Revolución Bolivariana. Aquellos "militares sin tropa", respaldados por la mal llamada “Coordinadora Democrática” —brazo ejecutor de la oligarquía—, pretendieron burlar al pueblo. Mientras las pantallas de la canalla mediática los pintaban como "perseguidos", estos personajes pernoctaban en el lujo del Hotel Four Seasons, alimentando un relato de odio que convenció a sectores alienados de una supuesta “cubanización” y de soñadas alianzas terroristas.
Aquella fue una etapa de fuego para la Revolución. Enfrentábamos una guerra asimétrica donde el poder mediático internacional nos condenaba de antemano. Internamente, la militancia se impacientaba: ¿Por qué el Gobierno no actuaba con fuerza contra ese foco de sedición? El debate hervía en las bases. Algunos, presas de la confusión, hablaban de supuestos pactos bajo la mesa con el imperialismo. Sin embargo, lo que ocurría era un ejercicio de alta política estratégica.
Con el sabotaje petrolero de diciembre, la derecha intentó asfixiar a la Patria. Pero mientras la oligarquía celebraba el caos, el pueblo humilde, en las colas de las gasolineras, acumulaba una conciencia de clase inquebrantable. Para febrero de 2003, el Comandante Chávez había aplicado magistralmente la máxima de Sun Tzu: “El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar”. Sin disparar un solo cartucho contra la plaza, la conspiración se desmoronó por su propio peso moral y por el control estratégico de nuestra industria petrolera.
Hoy, Venezuela atraviesa un escenario que exige una mirada crítica y profundamente bolivariana. Tras el reciente y criminal secuestro del Presidente Maduro y la brutal intervención del ejército estadounidense que cobró la vida de más de cien compatriotas, nos encontramos en una encrucijada ética.
Resulta, cuanto menos, doloroso para el sentimiento revolucionario ver cómo se restablecen canales con quienes apretaron el gatillo. La presencia en suelo patrio de figuras nefastas como el Jefe del Comando Sur o el Director de la CIA genera una lógica suspicacia. ¿Cómo estrechar la mano que aún tiene rastros de la sangre derramada el pasado 3 de enero de 2026?
Es imperativo preguntarnos si estamos ante una nueva maniobra de alta estrategia para evitar una masacre mayor, emulando el gesto del Comandante Chávez del 13 de abril de 2002 cuando, crucifijo en mano, llamó al perdón de los golpistas para preservar la paz. Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos. La geopolítica actual nos muestra una realidad cruda: la solidaridad internacional de ciertas potencias aliadas fue tibia y fugaz. En la hora de las dificultades, la Revolución suele estar sola con su pueblo.
Ante esta realidad, la respuesta no puede ser la pasividad ni el silencio cómplice. El momento exige radicalizar la Democracia Comunal, ejercer el poder desde las bases y derrocar el Estado burgués, fortalecer la formación permanente, profundizando en el socialismo y denunciando al Imperio, y por último, arreciar la Guerrilla Comunicacional, desmontando las matrices de opinión que intentan normalizar la situación de Patria mancillada por la que pasamos.
La irreversibilidad de la Revolución Bolivariana no depende de pactos diplomáticos, sino de la organización popular y de nuestra capacidad de recordar que, ante el imperio, como decía el Ché, no se le puede creer ni un tantito así.
¡ Venceremos !
No hay comentarios:
Publicar un comentario