Omar Gómez
Terminando el mes de febrero de 2026, el imperialismo estadounidense y su brazo ejecutor, la entidad sionista, han desatado una nueva fase de su estrategia de aniquilación, esta vez dirigida contra la República Islámica de Irán. La agresión comenzó con una andanada criminal de proyectiles, impactando no solo objetivos estratégicos y residencias de la alta dirigencia iraní, sino ensañándose vilmente contra la población civil, bombardeando palacios de gobierno y escuelas. El asesinato de niños en sus centros de estudio reafirma la naturaleza genocida de la alianza gringo-sionista, una conducta histórica que no conoce límites éticos ni humanos.
El pretexto para esta nueva violación de la soberanía es, en esencia, inexistente. La verdadera motivación es la misma que ha movilizado al capital transnacional durante décadas: la destrucción de cualquier nación que sostenga una postura antiimperialista firme y el saqueo descarado de sus riquezas naturales. Esta receta de muerte ya ha sido aplicada con impunidad en Libia, desarticulada para apropiarse de su petróleo; en Sudán, fragmentado por intereses foráneos; y en Palestina, víctima de un exterminio sistemático frente a los ojos del mundo. Venezuela no es ajena a este asedio, enfrentando constantes intentos de desestabilización, agresiones, invasiones, sabotaje económico, bloqueos y sanciones, todo por no arrodillarse al Imperio. Y pareciera ser Cuba la próxima en la lista.
Mientras la agresión se recrudece, observamos un escenario internacional donde potencias como Rusia, China e India limitan su respuesta a condenas diplomáticas tibias y pronunciamientos de carácter formal. Por otro lado, las viejas potencias coloniales —Inglaterra, Francia y Alemania— acechan como buitres, buscando la manera de capitalizar el conflicto en beneficio de sus propios intereses económicos.
La clave de este asedio deliberado es la impunidad institucionalizada. Los organismos internacionales, convertidos en cascarones vacíos, han sido incapaces de detener el genocidio en Palestina, lo que otorga una "licencia para matar" a la alianza imperial en esta nueva guerra. La solidaridad entre las naciones suele diluirse en lo declarativo, sin acciones contundentes que frenen al hegemón. Algunos países han guardado silencio esperando no ser el próximo blanco, pero la historia es implacable: el ejemplo de Dinamarca, hoy alcanzado por la vorágine imperial, demuestra que la neutralidad no ofrece protección ante la ambición del capital.
Hace doscientos años, el Libertador Simón Bolívar ya advertía con asombrosa vigencia que los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad. Realmente era más que América, era a todo el planeta.
Recordamos la invasión a Irak, cimentada sobre la gigantesca mentira de las "armas de destrucción masiva", un crimen de guerra por el cual ningún perpetrador ha rendido cuentas. Del mismo modo, hemos visto la agresión contra el Presidente Nicolás Maduro, señalado bajo la infamia del "Cártel de los Soles", una construcción mediática y judicial que ellos mismos terminan desestimando cuando el daño ya está hecho. La mentira es la punta de lanza del imperialismo para justificar la barbarie.
El panorama internacional es complejo. El imperio se desplaza con la arrogancia de quien se cree dueño del planeta, mientras los pueblos enfrentan un retroceso temporal. Sin embargo, el futuro no pertenece a la hegemonía estadounidense ni a la entidad sionista; ellos representan la decadencia y la barbarie.
¿Qué deben hacer los pueblos oprimidos? La respuesta reside en la organización profunda y la unidad inquebrantable. Es imperativo entender que el imperialismo es un cáncer que amenaza la supervivencia misma de la especie humana. No habrá freno al expansionismo hasta que las naciones del Sur Global pasen de la retórica a la acción contundente, defendiendo su soberanía con todos los medios a su alcance y rompiendo las cadenas de dependencia económica y tecnológica.
El futuro está en manos de los desposeídos, de quienes luchan por un mundo multipolar, socialista y solidario. Frente a la muerte que ofrece el capitalismo criminal, oponemos la vida de un modelo más humano. Como hijos de Bolívar, sabemos que la victoria final pertenece a quienes no se rinden.
¡Vivan Cuba e Irán!
¡Viva Venezuela!
¡Venceremos!
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