Omar Gómez
Desde el triunfo de la Revolución en nuestra Patria, se inició la arquitectura de un nuevo entramado de relaciones internacionales. Bajo la guía del ideal bolivariano e internacionalista, Venezuela puso su riqueza energética al servicio de la unión de los pueblos, fundando y financiando mecanismos de integración genuina como la CELAC, la UNASUR y PETROCARIBE. Estos no fueron simples acuerdos comerciales, sino una apuesta socialista por la solidaridad regional, diseñada para romper la hegemonía del capital y construir un blindaje diplomático en defensa de nuestra autodeterminación.
En el escenario extrarregional, la alianza estratégica con potencias como Rusia, China e Irán ha tenido como eje el intercambio tecnológico y el desarrollo conjunto. Sin embargo, la historia reciente nos ha dado una lección de realismo político: muchos incurrieron en el error de creer que este robusto mapa de relaciones constituiría un muro infranqueable contra la voracidad del imperialismo estadounidense.
Nada más alejado de la realidad dialéctica. Ante la agresión directa, los bombardeos mediáticos y económicos, y el secuestro de nuestro Presidente Constitucional, la respuesta de la comunidad internacional —incluso la de nuestros aliados más cercanos— a menudo no trascendió el plano de la condena declarativa. Quienes depositaron su confianza en que potencias extranjeras actuarían como escudos militares de nuestro proceso, chocaron de frente con la cruda verdad: la defensa de la Revolución es una tarea intransferible del pueblo en armas.
Como bien advertía el Libertador Simón Bolívar en su momento, la esperanza en el auxilio de las potencias emergentes suele ser una quimera. En la gesta de independencia, los patriotas comprendieron que ni los estadounidenses ni los ingleses moverían un dedo contra el Imperio Español si eso no favorecía sus propios intereses comerciales. Fue el arrojo del Ejército Libertador —un pueblo convertido en soldados— el que doblegó al imperio más poderoso de la época. Si bien contamos con el valioso aporte de voluntarios internacionalistas, la victoria fue una obra auténticamente nuestra.
Hoy nos encontramos en una coyuntura similar. La historia nos convoca a deslastrarnos de cualquier ilusión de tutela. El único garante de nuestra seguridad, de nuestra paz y de la continuidad del socialismo bolivariano es la organización, la profundización del modelo comunal, la construcción de una economía endógena, y por supuesto una sólida unión cívico-policial-militar.
Solo nosotros, con la claridad política de quien sabe que el imperialismo no tiene amigos sino intereses, lograremos el triunfo definitivo. La victoria de la Revolución depende exclusivamente de nuestra capacidad de resistencia, de nuestra unidad interna y de la voluntad inquebrantable de ser libres, soberanos e independientes.
¡¡Venceremos!!
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