Omar Gómez
El pasado sábado 30 de mayo, el régimen nazi de Kíev atacó con un dron la central nuclear de Zaporozhie, la más grande de Europa. Si la criminal intención del imperio y sus lacayos es provocar una explosión para generar un incidente nuclear de magnitudes catastróficas, cabe preguntarse: ¿quién se vería más afectado? Por razones geográficas y científicas elementales, las principales víctimas serían los propios ucranianos. La acción carece de toda lógica constructiva: de llegarse a formar una nube radiactiva, los vientos la arrastrarían hacia el occidente de Europa y no hacia el territorio de la Federación de Rusia. Es la sinrazón destructiva en su máxima expresión.
En el golfo Pérsico, el imperialismo estadounidense insiste en mantener su asedio contra la República Islámica de Irán. Pretenden simular un bloqueo ficticio en el estrecho de Ormuz, intentando venderle al mundo la ilusión de que son ellos quienes dominan los accesos marítimos globales. Aunque esta supuesta hegemonía es falsa, la narrativa del pedófilo de la Casa Blanca justifica este atropello bajo la premisa de ahogar la economía iraní para que ceda a sus pretensiones. Sin embargo, la realidad geopolítica les ha propinado un duro revés: la agresión económica se transformó en un disparo en su propio pie, elevando los precios mundiales del petróleo y los fertilizantes. No han podido, ni podrán jamás, doblegar la dignidad histórica de Irán.
La mentira es el instrumento predilecto de la agresión gringa. Lo vivimos el pasado 3 de enero, cuando en un asalto flagrante contra nuestra soberanía territorial, el régimen estadounidense perpetró, previa masacre previa, el secuestro de nuestro Presidente, bajo la ridícula falacia de capturar al supuesto líder del inventado "Cártel de los Soles". El absurdo imperial quedó al desnudo apenas tres días después, cuando el propio Departamento de Justicia de los Estados Unidos tuvo que reconocer que tal cartel no existía.
Esta farsa criminal calca el guion ensayado en Irak, donde declararon una guerra genocida con la supuesta intención de eliminar las armas de destrucción masiva; un millón de muertos después, admitieron con total descaro que dichas armas jamás existieron. Hoy, la figura de nuestro mandatario secuestrado se erige ante los ojos del mundo como la prueba viviente de las contradicciones flagrantes del imperio. Lejos de debilitarnos, la prepotencia de Washington los ha colocado en una encrucijada donde ellos mismos son los más perjudicados por este crimen internacional.
Dentro de esta lógica del absurdo, las contradicciones del imperialismo se profundizan a escala global. En su obsesión por asfixiar económicamente a los pueblos que se niegan a arrodillarse ante los dictámenes del orate de Washington, el imperio ha convertido las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo financiero en sus armas de guerra predilectas. Al congelar activos, robar el oro soberano y bloquear el uso del sistema SWIFT a potencias como Rusia e Irán, así como a naciones de vanguardia digna como Venezuela y Cuba, creyeron que quebrarían la moral de nuestros pueblos. El tiro les salió por la culata: al utilizar el dólar como un garrote geopolítico, la Casa Blanca dinamitó la confianza en su propio entramado financiero. ¿El resultado? Han acelerado de forma irreversible el proceso de desdolarización global. Hoy, el Sur Global avanza con paso firme comerciando en sus propias monedas locales, mientras los BRICS se consolidan como el nuevo y verdadero motor económico del planeta. El imperio, en su afán de aislar al mundo, terminó cercándose a sí mismo y cavando la fosa de su hegemonía monetaria.
En la supuesta "guerra contra las drogas", el cinismo imperial alcanza niveles aberrantes. El bombardeo y la persecución de modestos pescadores en alta mar, bajo la excusa de capturar cargamentos, solo se ha traducido en una condena internacional ante tales asesinatos sin juicio previo. Mientras el imperio monta este teatro mediático en el exterior, las calles norteamericanas implosionan ante una epidemia devastadora de fentanilo y opioides sintéticos que destruye a su juventud desde adentro. Los Estados Unidos son una sociedad atrapada por el consumo, donde operan carteles internos mucho más poderosos y tecnificados que cualquiera en el resto del mundo, con ramificaciones directas en Europa. Bombardear lanchas de pescadores en el Caribe en nada afecta un negocio multimillonario que se mueve a través de sus propios puertos de entrada legales.
Finalmente, en su desesperado intento por frenar el avance económico y tecnológico de Rusia, la administración de la Casa Blanca obligó a sus vasallos de la Unión Europea a plegarse a las sanciones y a cortar el suministro de gas ruso, una energía barata y segura que servía de motor a la industria occidental. El imperio incluso celebró en silencio el sabotaje terrorista al gasoducto Nord Stream, aplaudiendo la supuesta "liberación" energética de Europa. Una vez más, el absurdo se hizo presente: Europa pasó de la estabilidad a la ruina, obligada ahora a comprarle gas licuado a los propios Estados Unidos a un precio hasta cuatro veces mayor. La inflación cabalga con furia, las industrias europeas quiebran o se mudan a suelo estadounidense para sobrevivir, y el descontento social ruge en las capitales del viejo continente. En su afán por dañar a Rusia, el imperio terminó devorando económicamente a sus propios aliados, demostrando una máxima de la geopolítica: ser aliado de Washington es tan peligroso como ser su enemigo.
En conclusión, el capitalismo lleva en sus entrañas el germen de su propia destrucción. Sin embargo, los pueblos del mundo no podemos sentarnos a esperar pacientemente su colapso, porque en su frenética caída, el imperio arrasaría con toda la vida en el planeta. Como nos enseñó el Comandante Chávez, la consigna es de vida o muerte: es una urgencia histórica derrotar al capitalismo antes de que este termine por destruir a la humanidad entera.
¡¡ VENCEREMOS !!
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