Omar Gómez
Han transcurrido ya tres meses desde el cruento secuestro de nuestro Presidente. Es un momento propicio para realizar un balance de la situación. Tras aquella sangrienta agresión imperialista, los días han demostrado que el pueblo no se quedó de brazos cruzados, pese a las burlas de los voceros de la derecha apátrida y las infamias proferidas por el pedófilo y genocida que hoy manda en la Casa Blanca.
La agresión no fue menor: destinaron más de 150 aeronaves equipadas con tecnología de punta para cegar nuestros radares e intentar invisibilizar la invasión. Ante un despliegue militar abrumador, lo ocurrido no puede calificarse como una simple "extracción": fue una batalla desigual donde la sorpresa y la superioridad tecnológica se impusieron sobre nuestra resistencia, dejando un saldo heroico de más de cien mártires que ofrendaron su vida por la Patria.
Pese al ataque, la institucionalidad venezolana demostró una solidez inquebrantable. La consulta inmediata a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) permitió preservar el hilo democrático y la paz social. Quienes soñaron con el colapso de la Revolución Bolivariana quedaron perplejos ante la capacidad de recuperación inmediata de nuestras instituciones y la continuidad de la vida republicana.
Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos: no hemos retornado a una normalidad. Por el contrario, sufrimos hoy la presión de la bota imperial pretendiendo humillarnos e imponernos decisiones soberanas que, en condiciones distintas, jamás aceptaríamos. A este escenario se suma una lección geopolítica amarga, estar solos a nivel internacional, pues nuestros aliados internacionales se limitaron a emitir tibias condenas diplomáticas ante la invasión perpetrada contra nuestra Patria.
En este trimestre, hemos visto cómo la economía se abre a capitales estadounidenses mientras nuestros aliados históricos permanecen en la incertidumbre. Esta coyuntura ha limitado nuestra solidaridad activa con pueblos hermanos como Irán y Cuba, víctimas también de la agresión imperialista más descarada. Todo esto ocurre bajo el silencio cómplice de organismos internacionales como la ONU, institución que enmudeció frente al secuestro de nuestro Presidente.
Los cambios de Gabinete y la ley de amnistía fueron, para muchos, indicios de un cambio profundo, sin embargo, ignoran que en el primer caso, estos procesos son parte de la continuidad natural de los cambios que siempre se dan en el alto gobierno, y en el segundo caso, la amnistía estaba planificada desde el mes de diciembre.
La ultraderecha interna y los sectores recalcitrantes del fascismo mundial esperaban que Venezuela se sumiera en el caos para justificar un derrocamiento. Se equivocaron. El país se mantuvo en calma, el pueblo siguió trabajando y, como muestra de vigor democrático, se celebró con éxito la Primera Consulta Nacional de Proyectos, un hito de democracia participativa que los medios hegemónicos pretendieron invisibilizar.
A pesar de hechos que generan legítima preocupación —como el restablecimiento de relaciones con nuestros agresores, la reapertura de la embajada gringa o las visitas de altos mandos de la CIA y el Comando Sur—, la Revolución Bolivariana exhibe logros políticos importantes en estos 90 días: La preservación de la paz nacional, evitando la guerra civil que el fascismo vaticinó, el desarrollo indetenible del Poder Popular, reforzando la organización de base y la participación en los proyectos comunales a nivel nacional, y por último el protagonismo en el Diálogo Sur-Sur, destacando nuestra participación en el I Foro de Alto Nivel entre la CELAC y la Unión Africana.
Es con la organización del pueblo, a nivel nacional e internacional, que se podrá enfrentar y derrocar al Imperio más poderoso, más asesino, más corrupto y más despiadado que ha tenido la humanidad.
¡Venceremos!
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